Nunca sentí temor, fue un flujo eléctrico caliente que se regó por mi cuerpo, y una constante risa que todavía no se si fue de nervios o de felicidad, y aunque no era plan inmediato sentí como el mundo se me abría en una nueva rama por la que ahora debía empezar a caminar.
Tuve que parar la actividad y pedirles a los estudiantes que me excusaran (a ellos les pareció genial que se hubiera acabado la clase) de inmediato llamé a mi hermana y a mi mejor amigo a hacerlos partícipe de la noticia.
Mi hermana se hizo cargo de la comunicación a mis padres, por mi trabajo en ese instante no estaba cerca de Idril ni de mi casa, por lo que esos tres días que me quedaban de clases me sirvieron para meditar en soledad el flujo de acontecimientos que llegaron a mi vida, y para tratar de sanar palabras que llegaron al viento en medio de la angustia y que causaron pequeñas heridas.
Ser padre era algo que desde hacía más de 10 años había deseado, consiente en ese entonces que debía esperar el momento y las circunstancias, pero actualmente con una vida laboral y emocional estable, creo que el momento nunca está, es como muchas cosas de la vida en las cuales hay que embarcarse y aprender en el acto a guiar el timonel.
Por mucho que se sea “maduro” mentalmente, y que se lea acerca del tema y se aprenda de quienes ya hayan vivido experiencias similares, el aprendizaje es individual porque la final es nuestra propia vida la que se ve transformada y es uno quien debe aprender a asumir los cambios y en mi concepto, tratando de violentar lo menos posible la estabilidad emocional, para así no crear frustraciones futuras en el desarrollo de los proyectos personales, los cambios no significan echarlo todo por la borda, sino agregar ingredientes nuevos a tus perspectivas de vida.

